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La insularidad como refugio del patrimonio vitivinícola atlántico

 

La insularidad como refugio del patrimonio vitivinícola atlántico En una intensa mesa redonda, Fernando Mora MW abrió la charla reivindicando la agricultura como base de la identidad cultural insular, trazando una poderosa analogía entre los “tomates de verdad” y los vinos de territorio: productos imperfectos, heterogéneos y únicos, posibles solo si hay vida en los pueblos y agricultores que puedan vivir de su trabajo. Desde Tenerife, puso en valor la Papa bonita y el cordón trenzado del Valle de La Orotava como símbolo de policultivo inteligente y aprovechamiento extremo del suelo, frente a una agricultura industrial que homogeneiza sabores y arrasa paisaje y cultura.

Mora denunció el impacto de herbicidas, insecticidas y mecanización masiva —vendimia a máquina, prepoda sistemática— en la pérdida de viñedos viejos y del saber hacer tradicional, señalando cómo muchas viñas centenarias se abandonan no por desidia, sino por pura falta de rentabilidad. Recordó, además, el papel de la viticultura como cortafuegos vivo frente a los incendios, y defendió la botella de vino como la forma más poderosa de “enoturismo”: un trozo de tierra y de añada viajando por el mundo.

Desde Azores, António Maçanita relató la épica recuperación de los viñedos de Pico, un paisaje de muros de piedra declarado Patrimonio de la Humanidad no solo por su belleza, sino por la resistencia de sus gentes. Explicó cómo, tras la filoxera y el éxodo, las islas quedaron congeladas en una “cápsula de tiempo”, y cómo la voluntad de “volver a la tierra” ha impulsado hoy una auténtica revolución silenciosa: de 89 plantas casi extintas a 34 hectáreas de una variedad autóctona, proyectos colectivos, consultoría gratuita y una cadena de valor que ha llevado el precio de la uva de 0,70 a casi 7 euros.

Maçanita subrayó la dimensión social de este renacer: la aparición de jóvenes viticultores que han pasado de ser empleados a crear proyectos propios, con vinos de fuerte personalidad presentes ya en cartas internacionales. A la vez, advirtió de la fragilidad del modelo: cinco añadas consecutivas de cosechas muy bajas, con rendimientos por debajo de 500 kilos por hectárea, muestran que nada está garantizado pese al avance. En copa, presentó una variedad hija de verdelho y bastardo, de mineralidad marcada, alta acidez y salinidad, elaborada con prensado directo, preoxidación del mosto y crianza sobre lías sin sulfuroso hasta el final de fermentación.

El sumiller tinerfeño Rodrigo González aportó la mirada del servicio y del mercado, recordando cómo, desde la distancia, vivió con orgullo la reaparición de los vinos de Canarias en la escena internacional. Analizó la evolución de dos tintos de suelo volcánico de Tenerife, destacando cómo, con el tiempo, pierden fruta y quedan más “esqueléticos” en boca, unidos por un mismo extracto seco y un amargor fino que los emparenta con grandes vinos de otras latitudes. En uno de ellos, la añada 2017 de una misma parcela mostró una energía aún tensa, con notas de hoja de tomate y perfil vegetal elegante, en un vino que, contra todo pronóstico inicial, sigue creciendo en botella.

González enmarcó esta cata en una evolución histórica más amplia: de una carta de mediados del siglo XIX en Nueva York, donde los vinos atlánticos se limitaban a categorías como Madeira, Canarias o Jerez, a la realidad actual, con referencias de Tenerife en iconos mundiales como Noble Rot o puntuaciones perfectas en las guías más influyentes. Para los profesionales expatriados, defendió, estos hitos han supuesto poder “sacar pecho” y demostrar que los vinos de isla pueden medirse de tú a tú con las grandes regiones tradicionales.

El enólogo Borja Pérez, cuarta generación de viticultores en La Guancha, llevó el discurso a la escala íntima de una bodega familiar que ha tenido que desaprender décadas de malas prácticas. Relató cómo, desde 2011, el contacto con elaboradores de referencia en la península le permitió replantear por completo su forma de trabajar, y cómo la añada 2013 de un blanco de marmajuelo fermentado en barrica nueva de 500 litros —una decisión que entonces consideró casi un error obligado por la economía— hoy se revela clave en la longevidad del vino.

Pérez insistió en que la fermentación con mosto muy turbio, sin control de temperatura ni aditivos, y la confianza en la calidad de la uva y el tiempo han permitido que ese vino, que en su día fue difícil de vender y llegó al mercado fuera de su mejor momento, muestre ahora una sorprendente capacidad de envejecimiento tras 12 años.

Eligió esta botella como ejemplo de un objetivo largamente perseguido: demostrar que Canarias puede ofrecer vinos con historia en botella, pese a la juventud de su “era moderna” y a la dramática pérdida de alrededor del 60% del viñedo del archipiélago en apenas 12 a 15 años. En la recta final, los ponentes coincidieron en que el gran reto de las islas pasa por revalorizar el campo para que nuevas generaciones quieran quedarse y vivir de la viña. Eso implica, afirmaron, renunciar a vinos rápidos y evidentes, asumir peores cifras a corto plazo y apostar por el tiempo como principal aliado: tiempo en la planta, en la crianza y en la construcción de memoria colectiva. Entre referencias a la posibilidad —aún remota— de ver enotecas repletas de añadas antiguas de vinos insulares, se esbozó un futuro en el que aislamiento, territorio, identidad y longevidad dejen de ser fragilidades para convertirse en la gran fortaleza atlántica.

La sesión se cerró con una llamada a reconocer el valor de los viñedos de Azores y Canarias como algunos de los últimos refugios de expresiones agrícolas auténticas. Si las islas han conservado durante siglos una diversidad y unos paisajes vitícolas únicos gracias a su aislamiento, concluyeron, garantizar su supervivencia exige una toma de conciencia urgente: sin agricultores, no hay viñas; sin viñas, no hay vino; y sin vino de territorio, las islas corren el riesgo de perder una parte esencial de su memoria y de su voz en el mundo.

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